Andrés
En aquel lugar todo parecía raro. La luz siniestra de la luna llena iluminaba de blanco los árboles que rodeaban un pequeño prado. Sólo había un pozo en el medio, y algo decía a Andrés que habría podido ser una respuesta a su sufrimiento.
Se acercó al pozo, mirando las violetas a su lado. Se arrodilló para coger unas flores y después miró en el pozo.
Era verdaderamente profundo y Andrés se dobló, encantado por el reflejo de la luna llena sobre la superficie del agua, mientras que el cubo chirriaba un poquito. Y se puso a pensar…
No habían pasado muchos días desde cuando se había unido a los guerrilleros para combatir por su patria contra los nazis.
Para combatir por su patria contra los nazis… ésta no era toda la verdad, porque en realidad se había huido a los montes para olvidar a su amor imposible.
Rizos negros, ojos de bosque, tenía la piel morena debido al trabajo en el campo y al mismo tiempo un noble perfil francés…
Siempre había mirado a su amor desde lejos, encantado por su belleza, pero estaba seguro de que no había ninguna esperanza de ser correspondido.
El armisticio y la situación insostenible que se había producido venían de perillas, porque así podía intentar olvidar a su amor gracias a la lejanía.
De verdad este remedio no se había revelado muy eficaz y en las noches de guardia solitaria no podía prescindir de recordar.
Andrés se asomó aún más, mirando el agua estancada en el fondo. Habría sido tan fácil echarse…
De repente oyó unos gritos en alemán, así echó las violetas en el pozo, embrazó el fusil Gewehr 43 que sus compañeros habían robado a un nazi en una emboscada y se fue a dirección de las voces.
Dejando el prado Andrés se sentía raro, como si hubiera evitado la muerte, pero alejó aquellos pensamientos para orientarse mejor en la flébil luz lunar.
Llegó unos minutos después a una senda en tierra batida y la patrulla alemana estaba todavía allí, pero por suerte nadie podía verlo porque estaba escondido por unas matas.
Miró a los soldados para hacerse una idea de quién tenía ante sí, hasta que vio a Juan, su amor, que parecía prisionero de los nazis.
¡Andrés no podía creérselo! El hombre que estaba intentando olvidar estaba allí, apuntado por el MP40 de uno de los rubios militares en uniforme gris.
Los otros tres en cambio se estaban divirtiendo tomando el pelo a Juan y pegándole bofetadas. Andrés no sabía si intervenir, consciente de su inferioridad y todavía confuso.
Pero cuando uno de los nazis se propasó, golpeando a Juan en plena cara y echándolo al suelo entre las carcajadas de los demás, Andrés montó en cólera y se arrojó fuera de su escondite, con el fusil apuntado contra el golpeador.
Él no hizo a tiempo a gritar:“¡Ein partisan!¡Achtung!”, que se cayó al suelo, matado por un fusilazo en pleno pecho.
El soldado con el MP40, cogido de sorpresa, bajó su arma, así que Juan se levantó y se puso a correr, esperando no ser visto.
Error fatal: el nazi levantó enseguida la pistola ametralladora y disparó una ráfaga contra el fugitivo, que cayó acribillado por los proyectiles.
Andrés, que hasta aquel momento se había amparado detrás de una roca, se levantó gritando y corrió hacia Juan, indiferente al soldado que todavía estaba apuntando el MP40 en aquella dirección.
El partisano, herido a muerte, se arrastró hasta su amado ya muerto y le apretó la mano. Uno de los nazis supervivientes controlando los cadáveres lo encontró así, con una rara y serena sonrisa en la cara.