Desafortunada noche de un ladrón inexperto
En la calle no había nadie: sólo se distinguían las sombras de algunos árboles tristes y desnudos a la luz de una farola solitaria. Una figura furtiva se acercó al bulevar del palacio, seguramente uno de los más elegantes de toda la zona residencial de Madrid. La figura se movió en la oscuridad, miró alrededor con circunspección, se agachó y se escondió en el seto. El hombre se puso un pasamontañas y se abrió paso entre las ramas, saliendo al jardín. No podía fallar: era su primer robo, sin considerar el desastroso golpe del año pasado que lo había conducido a la cárcel, de la que se había evadido hace dos días; esta vez habría sido más afortunado.
Sin hacer ruido, alcanzó de prisa el portal del palacio y sacó del bolsillo sus instrumentos; después de algunos minutos durante los cuales bregó nerviosamente con la cerradura, logró abrir el portal. Se precipitó por la escalera, dirigido al piso tercero. El plan procedía con éxito: en aquel momento el apartamento que quería desvalijar estaba vacío, ya que los propietarios habían ido de vacaciones. Pero, llegado al rellano, toda su confianza desapareció: había dos puertas, y él no se acordaba del número del piso. Miró fijo la puerta de la izquierda, dudoso, luego se acercó a la otra, apretando entre las manos sus herramientas. Pero la puerta no tenía cerradura, sino sólo un display y algunas teclas. El desgraciado ladrón levantó los ojos al cielo e imprecó. Desconsolado, decidió intentar algunas combinaciones para abrir la puerta, total…la familia no estaba.
Pero, cuando pulsó la tecla más grande, se oyó un ruido terriblemente similar al de un timbre, y el ladrón no logró ni darse vuelta, que la puerta ya se había abierto de par en par y apareció una pequeña mujer de mediana edad, con gafas sobre su cara simpática.. “Buenas tardes, ¿qué puedo hacer para usted?’’ pidió amablemente. El ladrón se quedó pasmado. “Yo…quería hablar…con su marido…’’ farfulló el hombre, diciendo la primera cosa que se le ocurrió. ‘‘ ¡Por favor, pase usted!’’ dijo la señora con una sonrisa ’’Ahora Carlos no está en casa, sabe…los detectives: ¡antes de todo el trabajo! Pero recibe clientes también en casa; lo puede esperar con nosotros; siéntese, por favor. Quítese el pasamontañas, en casa hace calor’’. El ladrón fue literalmente arrastrado en casa y rodeado por tres niños gritones. ¡Un detective! pensó, ¡estoy con la soga al cuello! ¡El viejo sabrá seguramente que soy el fugitivo! Pero antes que el desafortunado criminal pudiese hacer algo para salir de la situación, se halló sentado a la mesa de la cocina, delante de un platillo de dulces y entre las manos una taza de café. Entonces empezó la agradable (más o menos) velada del ladrón; la primera hora fue bastante sencillo ingeniárselas, con tal que él asintiese de vez en cuando, fingiendo de escuchar. Uno de los acontecimientos de relevancia mayor fue la llamada de una amiga de la señora: ella cogió el auricular y en voz baja le pidió ’’ ¿Puede cuidar a los niños un momento, por favor? Está vecina mía, del piso enfrente…sabe, está de vacaciones…’’. Por lo tanto, el criminal, demasiado desanimado por la noticia de que se había equivocado los apartamentos para reaccionar, se hizo golpear y utilizar como caballo y como coco por los niños. El pobrecito lo pasó mal también cuando, de nuevo en la cocina, la mujer empezó a cortar las cebollas con grande cuchillo; de golpe dejó de charlar y se hizo meditabunda. Se giró lentamente, y miró al ladrón con los ojos sospechosos “Espere un momento…’’ dijo al final “Yo te conozco…ya te vi en algún lugar…’’ Con el cuchillo en la mano, se acercó sin apartar la mirada del hombre, a un armario. El ladrón saltó de pie, convencido de que la mujer hubiera descubierto su identidad y estuviera a punto de coger una pistola. Él estaba listo para agredirla, cuando le señora sacó del armario un álbum de fotos. “¿También Usted estaba en el bautizo de Juan, verdad?’’. El hombre se apresuró a confirmar (de lo que se arrepintió poco después). Después de una hora mirando fotos de niños y escuchando anécdotas familiares, el desdichado casi había logrado irse de allí, cuando un ’’¡Hola, Inés! ¡Hola niños!’’ anunció la llegada del marido (que no reconoció al fugitivo), a la que siguió una invitación para la cena. Terminada la velada, el ladrón se alejó lentamente del palacio, cansadísimo por la tención probada y por todas las mentiras que tuvo que inventar para justificar su presencia. Pero, pensando entre sí, llegó a una conclusión: aquella noche no había sido completamente inútil; algo había aprendido: debía cambiar de trabajo.