Difíciles de digerir pero buenos para ti

Érase una vez un hombre que tenía más o menos setenta años. Tenía la piel morena y los rasgos típicos de los habitantes del Mediterráneo. Pasaba los días sentado en un banco, fuera del aeropuerto de Helsinki, mirando a la gente y donando sonrisas.

Un día de abril una mujer llegó a aquel aeropuerto y después de pedir información para llegar a una ciudad del norte, se sentó afuera para esperar su autobús. Cerca de ella, en mismo banco, estaba el hombre sabio.

“¿Es española, verdad?” El viejo rompió el silencio de esa manera; la mujer, feliz de encontrar a alguien que hablaba su misma lengua en aquella tierra olvidada también por los mapas, se apresuró a responder:

“Sí, soy de Cádiz”

“Lo entendí en seguida. Yo me llamo Pedro y he vivido aquí desde hace muchos años. Al principio fue muy difícil adaptarse a vivir en este lugar, pero juro que nunca me he arrepentido de mi decisión”.

Magdalena se tranquilizó, trabajaba para una multinacional y tenía que vivir en Rovaniemi, cerca del círculo polar ártico, por 5 años y tenía muchísimo miedo porque no conocía nada de la cultura y de la gente nórdica .

Como si Pedro pudiese leer en su cabeza, empezó a narrar lo que había aprendido en todos aquellos años.

“Cuando llegas a Finlandia todo parece raro, frío y caro. Bueno efectivamente, la luz y los colores son diferentes, por lo menos en verano porque en invierno no hay absolutamente luz. Pero hay otra cosa diferente aquí..la gente. Las personas no te miran en los ojos, no saludan a los extranjeros y nunca hablan. Además nunca te interrumpen cuando estás hablando que casi parece que no te escucharan. Intenta decir algo bonito de su ropa y ellos te dirán cuanto baratos son los trapos que llevan. Intenta sonreír a un transeúnte y él pensará que tú eres un fanático religioso, un drogado o un vendedor de alfombras orientales.”

Magdalena empezaba a sonreír, olvidando todos sus problemas.

“¿Estás riendo porque no me crees?” y sin dejarle tiempo para contestar siguió hablando “intenta tú misma. Ve a un centro comercial y quédate un rato en el ascensor. Sonríe, mira a la gente en los ojos, empieza a hablar con ellos y verás que sin duda empezarán a sudar por su empacho!”

Magdalena se sentía mucho más tranquila; aquel hombre quizás estuviera loco, pero le resultaba difícil no creerle.

“Pero- siguió Pedro alegre- si te invitan a ir a la sauna con ellos, no significa necesariamente que te consideran una amiga suya, simplemente  para ellos es una manera para estar borrachos y desnudos todos juntos.

Ve, cariño, quiero darte sólo unas sugerencias: primero, mejor no preguntar nada a nadie, ni tampoco puedes preguntar a un colega cómo están sus hijos. Si pasa algo te lo dirán ellos mismos.

Segundo..¿Por qué sentarse cerca de alguien en un autobús casi vacío cuando cada uno puede viajar tranquilo y en paz?”

Magdalena intentaba recordar todo lo que el viejo estaba diciendo; ahora era feliz de estar allí. Aquella gente ya no le parecía monstruosa, sino raras y estupendas criaturas.

“Tú llegas de un país de 45 millones de personas y por eso hablas diez veces más que un finlandés que son sólo 5 millones; y probablemente estas acostumbrada a hablar mucho más cerca de tu interlocutor de lo que es normal aquí, donde se habla como mínimo a una distancia de 70 cm.”

Estaba llegando el autobús, era la hora de la despida.

“Acuérdate –concluyó Pedro- no responder “sí” cuando te pregunten si odias Finlandia porque te enamorarás de este paraíso”

Sin una palabra más, los dos se separaron, Magdalena era llena de gratitud para aquel hombre tan bueno y simpático.

 

Cinco años después, Magdalena estaba otra vez en aquel aeropuerto y en seguida se acordó de Pedro y se sentó en el mismo banco. De repente llegó una mujer joven y visiblemente preocupada.

Tenía una gran maleta, estaba triste y se sentó en el banco. Magdalena, que había aprendido muchísimo en aquellos años, sin preguntarle nada le dijo:

“Al principio puede parecer un infierno, pero te gustará, acuérdate de que los finlandeses son como su pan negro: son difíciles de digerir pero son buenos para ti”

Y con esta sentencia y una gran sonrisa Magdalena se levantó y se dirigió hacia su avión para Cádiz.

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