Don Juan

Era noche en Sevilla. La ciudad dormía en silencio, mientras una sombra se movía en la oscuridad. Llevaba un manto negro y caminaba cerca de las paredes para que nadie lo viera.

De repente subió por una escalera de madera y entró en una habitación por la ventana.

Corrió las cortinas y se acercó a la chica tumbada en su cama. Avanzó de puntillas, sin hacer ruido. Se escondió el brazo con un limbo del manto. Cuando lo extrajo, tuvo algo en su mano. Se aproximó otra vez a la figura inmóvil. Ahora podía escuchar su respiración. Se bajó sobre su cuerpo, gustando el perfume de su última víctima.

De golpe sus ojos se abrieron y se puso a gritar. Le cubrió la boca con la mano y le sonrió.

“Sssh…cállate palomita mía, o tu padre nos oirá.”

Su cara brilló por un instante cuando él le tendió la rosa roja que le había llevado.

“Oh Juan, Juan..no me importa que aquel viejo cabrón de mi padre sepa de nosotros, ¡no quiero tener secretos!”

“No no no no, no se puede cariño…”

“¿Y por qué no?” respondió ella con voz desconfiada.

“Bueno, porque…porque…si, pues…vale, porque el secreto es la sal del amor.”

“¿Entonces no te casarás nunca conmigo?” dijo empezando a llorar.

“Palomita, yo…”

“Sí es así, ¡no quiero verte más!”

“Espera, espera…vale, Inés, nos casaremos cuando quieras” dijo al final. “¡Y de esa manera tu padre me matará verdaderamente esa vez!” pensó. “Pero ahora tengo que irme, mi amor…¡adiós!”

La besó y salió de la habitación imprecando.

Hablaba entre si mismo cuando una mano lo cogió y lo llevó a otra habitación.

Era la criada de doña Inés.

“Hola amor mío” le susurró la muchacha y le tapó la boca con un beso.

“Margarita…ehm…¡qué sorpresa!”

“Te espero mañana a las ocho en la iglesia… ya he avisado al reverendo padre Abundio…”

“¿En la iglesia?”

“Sí Juanito, ¡para nuestras bodas! ¿No te lo habías olvidado, verdad?”

“No veo la hora…Perdóname amor, tengo una  cita con….¡con el  testigo!” Y desapareció por la calle.

Entró en una venta: los clientes ya se habían ido o estaban durmiendo sobre las mesas, completamente borrachos. La hostelera se le acercó, moviéndose con fascinación, como un gato. En este caso, el gato estaba cazando. No había pronunciado nada desde aquella mañana, cerrada en sus pensamientos.

“Juan…escúchame, tengo que decirte algo importante…”

“¿Qué ocurre Violeta mía?”

“Pues..es que..pensaba…tú me amas, ¿verdad? Ya no somos tan jóvenes, el tiempo huye…entonces…”

“¿Quieres casarte conmigo, cariño?”

“Oh Juan, ¡sería fantástico!”

“Sí, sí..fantástico” le dijo con tono desesperado y resignado.

Se fue a casa, cerró la puerta y se tumbó sobre su cama.

Desde la oscuridad habló la voz de Catilinón, su criado.

“Hay una docenas de cartas para ti. Todas tus mujeres piensan en ti con ardor…”

Al día siguiente el sol brillaba en todos los rincones de Sevilla. Don Juan estaba en la iglesia vacía, sólo con el cura. Tenía un plan: casarse con doña Margarita y marcharse de la ciudad. Su alma estaba tranquila porque en el mismo momento Catilinón estaba entregando cartas de despedida a todas las otras amantes suyas. Echaría de menos sus risotadas, sus palabras de amor, sus noches de vagabundo. Pero la decisión le gustaba bastante: su novia era hermosa y pasional. Le sonrió mientras la veía acercarse y caminar con gracia. Detrás de ella otras mujeres, chicas de rara belleza en su ropa mejor. Sus amigas, pensó Juan. La sonrisa desapareció de su cara cuando reconoció a Inés y a Violeta.Rebeca, Petra, Marta, Paulina, Sara y todas las otras. ¡Trampa de mujeres!

Lascia una Risposta