La historia de María Jiménez

Empezaba  a  anochecer  cuando  un grito rasgó el aire y una mujer pasó corriendo  delante de  mi

oficina. Soy un investigador privado de Barcelona, y la que voy a contaros es la historia de María Jiménez.

Alta, rubia, ojos verdes; era una mujer muy guapa, la más guapa que haya encontrado nunca en toda mi vida; y por eso el alcalde se había casado con ella. Ella, en realidad, no quería ni a él, ni a la vida que llevaba: era una mujer simple, que, después de la muerte de sus padres, había vivido con sus abuelos en su granja. Pero ahora estaba obligada a participar a la vida política a lado de su marido que la tenía casi prisionera en su casa, imponiéndole una escolta para cada actividad que ella hacía.

Pero ahora volvemos a aquella noche. Cuando la vi, me puse la chaqueta, cogí la pistola y salí de casa. Afuera vi a tres hombres con pistolas que la seguían, y por eso los perseguí para ayudarla. Cuando la alcancé, la tuve parada a mi lado y extraje la pistola. Pero los tres hombres me dijeron que formaban parte de su escolta; sin embargo María, aunque lo había confirmado, se negó volver a casa, porque no se sentía al seguro. Estaba segura de que alguien se había introducido en su habitación mientras dormía, pero no tenía pruebas para demostrarlo. Se sentía incesantemente seguida y espiada.

Cuando volví a casa empecé las investigaciones: la semana siguiente ya había cogido mucha información y abrigaba validas sospechas.

Una noche estaba rumiando sobre el caso cuando llamaron a la puerta, la abrí y vi a María Jiménez. Me rogó que la alojara y que colocara su escolta afuera de mi casa. Ella se durmió en mi cama, mientras que yo me senté en el sillón quedándome despierto y atento. Aproximadamente a la una y media oímos un disparo, María se levantó, salimos y encontramos al jefe de la escolta, Juán, en un charco de sangre. Pensé enseguida en alguien de la escolta, y pocos instantes después apareció Jorgue, el segundo de Juán. Tenía la pistola en la mano y los ojos poseídos. Dijo a María que la quería, y que había matado al alcalde sólo para liberarla de él y ofrecerle una vida mejor. María retrocedió, asustada, e intentó escapar. Entonces él levantó la pistola y la apuntó contra ella. Pero después cayó al suelo con los ojos vacíos y un riachuelo de sangre que le salía de la boca: yo había sido más rápido que él.

Algunos meses después de éste difícil acontecimiento, María se comprometió otra vez. Ahora vive feliz con su nuevo marido, un investigador privado jubilado que ama contar la historia de cómo se han conocido.

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