La hora de la verdad
Tocó el timbre de la puerta y Esteban se despertó…“¿Quién diablos es…?” murmuró mientras se ponía la bata. En la entrada le sonrió una joven y elegante mujer.
“¡Hola Esteban!” dijo. Él la miró por un rato. “B..Buenas noches…¿Desea algo?”
La mujer lo empujó hacia adentro y entró ella también. “Siempre tienes ganas de bromear” dijo “¿No reconoces más a tu mujer?”
Esteban estaba trastornado. No sabía si tenía que reír, pero no conseguía hacerlo.
“¿Qué quiere?”dijo en modo brusco y áspero “¡Mi mujer murió hace tres años!¿Y Usted quién es?¿Qué quiere?” La joven se sentó y encendió un cigarrillo.
“Cariño ¿no te acuerdas de mi? Como ves no estoy muerta. He vuelto a casa. No me pareces entusiasmado.”
“Quién es Usted?”
“Ya te lo he dicho. Tu mujer. Juana Vicente. Entiendo la emoción, pero podrías por lo menos mostrarte un poco contento,¿no?”
Esteban empezó a ponerse nervioso. “ Oiga, la broma ha durado demasiado. ¡Esta situación es ridícula! ¡Tengo sueño!” la mujer pareció contrariada. Bufó, abrió el bolso y le dio el carné de identidad. Esteban lo leyó dos veces. “ Una falsificación bien hecha”- dijo devolviéndosela – “hay sólo un pequeño particular: ella no se parece a ti. Los datos corresponden, pero la foto no. Mi mujer murió en un accidente hace tres años. Estábamos en un barco, mar adentro. Por un movimiento brusco cayó al agua y yo no conseguí salvarla. Y eso es todo.”
“No, no es todo. Fui arrastrada por la corriente y algunos pescadores me salvaron. Había perdido la memoria. He pasado estos tres años en diez hospitales psiquiátricos. Ahora he recobrado la memoria y ¡heme aquí!”
“Ah, hicimos todas las investigaciones posibles y no…¿Por qué estoy aquí a decirle esto? Estoy cansado: o se va por las buenas o llamo a la policía.”
“¿Por qué tendría que irme? Ésta es mi casa, todo lo que tienes es mío, ¿no te acuerdas? ”
Esteban fue al teléfono. Juana se le acercó: “Pobrecito…¿qué contarás a la policía?¿Qué no quieres a tu mujer porque está muerta?” Él respondió “será suficiente que haga ver las fotos de mi mujer, de aquella verdadera. Tengo un cajón lleno.”
“¿De verdad? ¡Ha sido muy dulce de parte tuya guardarlas!” El tono con el que había pronunciado esta ultima frase le insinuó una duda en la mente así que corrió a la habitación, abrió el cajón derrocándolo pero… las fotos retraían aquella misma mujer que estaba allí en su salón. Descubrió que tenía lágrimas en los ojos y el corazón latía muy fuerte…estaba confundido. Se dio ánimo y pensó ir a la policía llevando consigo aquella mujer y aquel carné de identidad. Allí hizo examinar los datos de ella y comprobar si el carné era un fotomontaje. Pasaron tres horas y para Esteban fueron horas de infierno. La mujer que se hacía pasar por Juana seguía en su ficción y él tenía que hacer esfuerzos terribles para no darle una bofetada. Llegó después un agente y le comunicó una amarga noticia: la foto era original y nadie la había cambiado, ni se trataba de un fotomontaje.
Esteban quería controlar las impresiones digitales porque él no estaba loco, ¡no se había olvidado de lo que había pasado con su mujer! Desesperado preguntó con insistencia lo que deseaba; finalmente obtuvo lo que había pedido. Al día siguiente la policía se presentó a su casa. Esteban despeinado y exhausto por la noche insomne estaba esperando los resultados impaciente. “Lo siento: las impresiones son las de su mujer, no tenemos dudas” le dijeron.
“No…” dijo “No..” Casi hipnotizado se paró enfrente de los investigadores, les miró en los ojos. “No” repitió “mi mujer se ha muerto, lo sé, la he visto…” Cayó de rodillas y sollozando dijo “¡Mi mujer se ha muerto porque yo le he matado!”
“Bueno, esto es lo queríamos oír” dijo un agente.