Vida de ricos
Empezaba a anochecer cuando una chica muy linda apareció de detrás de la esquina. Tenía el pelo rubio, rizado y muy largo, tenía unos grandes ojos azules y llevaba ropa muy elegante: unos pantalones vaqueros ajustados un poco descoloridos, una blusa negra escotada y unas botas de piel gastada.
En el círculo de la vecina estación de trenes no había mucha gente como de costumbre, porque aquella tarde había una huelga.
Ella, después de alguno pasos, se paró en frente de un majestuoso edificio y entró por la enorme puerta de madera antigua con una andadura segura y felina. “¡Por fin, bienvenida a tu casa, Lola!” pensó la muchacha triste.
El salón estaba a medio camino entre una sala de espera muy informal y una sala de estar vacía: en los dos casos no le gustaba y dentro de poco esperaba poderlo mejorar.
Giró a la derecha y llegó al cuarto de baño. Se caracterizaba por sus baldosas rosa claro, pero no aquel color rosa encendido, sino rosa pastel, como le gustaba a ella.
Se miró con atención en el espejo, se lavó las manos, los dientes y la cara y se dio una rápida peinada con los dedos. Luego, se pasó una barra de labios roja que había encontrado apoyada allí sobre el lavabo, para que la boca resaltase sobre la piel pálida.
-¡Lo mejor es estar siempre presentable! – se dijo la chica, pero no pudo terminar la frase porque un ruido ensordecedor y sospechoso la asustó.
¿Qué o quién podía ser?
Con mucha circunspección alcanzó silenciosamente la puerta del baño y, aunque tuviese muchísimo miedo, la entreabrió para ver cuál había sido la causa del ruido. No viendo nada y, sobretodo, a nadie, se arriesgó a salir del más seguro cuarto de baño, esperando encontrar uno de los muchos gatos que vivían en aquella casa.
Pero no había sido un gato, sino un hombre vestido todo de negro, que tenía el pelo largo y moreno, del mismo color de su gabardina que no se lograba ver donde terminaba.
-¡Miguel, me has asustado! No te esperaba a estas horas. ¿Qué haces aquí? – exclamó Lola animada.
-Nada, nada… Pero te he traído un bocadillo de McDonald. ¿Quieres comer algo conmigo? – respondió el muchacho encogiéndose de hombros.
-¡Por supuesto!
Juntos, comieron con hambre, charlando de todo un poco: cómo había sido el día, qué había hecho…
-¿Sabes qué hora es? – le preguntó de repente Miguel.
-Son exactamente las doce y diez. – contestó ella dirigiendo la mirada al reloj colgado en la pared y añadiendo luego: -Y estoy muy, muy, muy agotada, extenuada. Mejor si nos vamos a dormir. ¿Vale?
-Sí, estoy de acuerdo. Pero, ¿estás temblando?
-Tienes razón… es que tengo frío. ¿Hacemos como la vez pasada?
-¡Claro!
Los dos se tumbaron juntos en la cama, abrazados fuertemente y abrigados con dos mantas de lana, para calentarse lo más posible. Poco antes de dormirse, Lola reflexionó sobre su vida: descansaba en los brazos del hombre al que quería con locura, con lo que ganaba durante el día se compraba de comer y la estación de trenes proveía a sus necesidades como si fuera una verdadera casa. La vida de una vagabunda sin casa, después de todo, no estaba tan mala.