Desafortunada noche de un ladrón inexperto

Aprile 19, 2008

En la calle no había nadie: sólo se distinguían las sombras de algunos árboles tristes y desnudos a la luz de una farola solitaria. Una figura furtiva se acercó al bulevar del palacio, seguramente uno de los más elegantes de toda la zona residencial de Madrid. La figura se movió en la oscuridad, miró alrededor con circunspección, se agachó y se escondió en el seto. El hombre se puso un pasamontañas y se abrió paso entre las ramas, saliendo al jardín. No podía fallar: era su primer robo, sin considerar el desastroso golpe del año pasado que lo había conducido a la cárcel, de la que se había evadido hace dos días; esta vez habría sido más afortunado.

Sin hacer ruido, alcanzó de prisa el portal del palacio y sacó del bolsillo sus instrumentos; después de algunos minutos durante los cuales bregó nerviosamente con la cerradura, logró abrir el portal. Se precipitó por la escalera, dirigido al piso tercero. El plan procedía con éxito: en aquel momento el apartamento que quería desvalijar estaba vacío, ya que los propietarios habían ido de vacaciones. Pero, llegado al rellano, toda su confianza desapareció: había dos puertas, y él no se acordaba del número del piso. Miró fijo la puerta de la izquierda, dudoso, luego se acercó a la otra, apretando entre las manos sus herramientas. Pero la puerta no tenía cerradura, sino sólo un display y algunas teclas. El desgraciado ladrón levantó los ojos al cielo e imprecó. Desconsolado, decidió intentar algunas combinaciones para abrir la puerta, total…la familia no estaba.

Pero, cuando pulsó la tecla más grande, se oyó un ruido terriblemente similar al de un timbre, y el ladrón no logró ni darse vuelta, que la puerta ya se había abierto de par en par y apareció una pequeña mujer de mediana edad, con gafas sobre su cara simpática..  “Buenas tardes, ¿qué puedo hacer para usted?’’ pidió amablemente. El ladrón se quedó pasmado.  “Yo…quería hablar…con su marido…’’ farfulló el hombre, diciendo la primera cosa que se le ocurrió. ‘‘ ¡Por favor, pase usted!’’ dijo la señora con una sonrisa ’’Ahora Carlos no está en casa, sabe…los detectives: ¡antes de todo el trabajo! Pero recibe clientes también en casa; lo puede esperar con nosotros; siéntese, por favor. Quítese el pasamontañas, en casa hace calor’’. El ladrón fue literalmente arrastrado en casa y rodeado por tres niños gritones. ¡Un detective! pensó, ¡estoy con la soga al cuello! ¡El viejo sabrá seguramente que soy el fugitivo! Pero antes que el desafortunado criminal pudiese hacer algo para salir de la situación, se halló sentado a la mesa de la cocina, delante de un platillo de dulces y entre las manos una taza de café. Entonces empezó la agradable (más o menos) velada del ladrón; la primera hora fue bastante sencillo ingeniárselas, con tal que él asintiese de vez en cuando, fingiendo de escuchar. Uno de los acontecimientos de relevancia mayor fue la llamada de una amiga de la señora: ella cogió el auricular y en voz baja  le pidió ’’ ¿Puede cuidar a los niños un momento, por favor? Está vecina mía, del piso enfrente…sabe, está de vacaciones…’’. Por lo tanto, el criminal, demasiado desanimado por la noticia de que se había equivocado los apartamentos para reaccionar, se hizo golpear y utilizar como caballo y como coco por los niños. El pobrecito lo pasó mal también cuando, de nuevo en la cocina, la mujer empezó a cortar las cebollas con grande cuchillo; de golpe dejó de charlar y se hizo meditabunda. Se giró lentamente, y miró al ladrón con los ojos sospechosos “Espere un momento…’’ dijo al final “Yo te conozco…ya te vi en algún lugar…’’ Con el cuchillo en la mano, se acercó sin apartar la mirada del hombre, a un armario. El ladrón saltó de pie, convencido de que la mujer hubiera descubierto su identidad y estuviera a punto de coger una pistola. Él estaba listo para agredirla, cuando le señora sacó del armario un álbum de fotos. “¿También Usted estaba en el bautizo de Juan, verdad?’’. El hombre se apresuró a confirmar (de lo que se arrepintió poco después). Después de una hora mirando fotos de niños y escuchando anécdotas familiares, el desdichado casi había logrado irse de allí, cuando un ’’¡Hola, Inés! ¡Hola niños!’’ anunció la llegada del marido (que no reconoció al fugitivo), a la que siguió una invitación para la cena. Terminada la velada, el ladrón se alejó lentamente del palacio, cansadísimo por la tención probada y por todas las mentiras que tuvo que inventar para justificar su presencia. Pero, pensando entre sí, llegó a una conclusión: aquella noche no había sido completamente inútil; algo había aprendido: debía cambiar de trabajo.


Vida de ricos

Aprile 19, 2008

Empezaba a anochecer cuando una chica muy linda apareció de detrás de la esquina. Tenía el pelo rubio, rizado y muy largo, tenía unos grandes ojos azules y llevaba ropa muy elegante: unos pantalones vaqueros ajustados un poco descoloridos, una blusa negra escotada y unas botas de piel gastada.

En el círculo de la vecina estación de trenes no había mucha gente como de costumbre, porque aquella tarde había una huelga.

Ella, después de alguno pasos, se paró en frente de un majestuoso edificio y entró por la enorme puerta de madera antigua con una andadura segura y felina. “¡Por fin, bienvenida a tu casa, Lola!” pensó la muchacha triste.

El salón estaba a medio camino entre una sala de espera muy informal y una sala de estar vacía: en los dos casos no le gustaba y dentro de poco esperaba poderlo mejorar.

Giró a la derecha y llegó al cuarto de baño. Se caracterizaba por sus baldosas rosa claro, pero no aquel color rosa encendido, sino rosa pastel, como le gustaba a ella.

Se miró con atención en el espejo, se lavó las manos, los dientes y la cara y se dio una rápida peinada con los dedos. Luego, se pasó una barra de labios roja que había encontrado apoyada allí sobre el lavabo, para que la boca resaltase sobre la piel pálida.

-¡Lo mejor es estar siempre presentable! – se dijo la chica, pero no pudo terminar la frase porque un ruido ensordecedor y sospechoso la asustó.

¿Qué o quién podía ser?

Con mucha circunspección alcanzó silenciosamente la puerta del baño y, aunque tuviese muchísimo miedo, la entreabrió para ver cuál había sido la causa del ruido. No viendo nada y, sobretodo, a nadie, se arriesgó a salir del más seguro cuarto de baño, esperando encontrar uno de los muchos gatos que vivían en aquella casa.

Pero no había sido un gato, sino un hombre vestido todo de negro, que tenía el pelo largo y moreno, del mismo color de su gabardina que no se lograba ver donde terminaba.

-¡Miguel, me has asustado! No te esperaba a estas horas. ¿Qué haces aquí? – exclamó Lola animada.

-Nada, nada… Pero te he traído un bocadillo de McDonald. ¿Quieres comer algo conmigo? – respondió el muchacho encogiéndose de hombros.

-¡Por supuesto!

Juntos, comieron con hambre, charlando de todo un poco: cómo había sido el día, qué había hecho…

-¿Sabes qué hora es? – le preguntó de repente Miguel.

-Son exactamente las doce y diez. – contestó ella dirigiendo la mirada al reloj colgado en la pared y añadiendo luego: -Y estoy muy, muy, muy agotada, extenuada. Mejor si nos vamos a dormir. ¿Vale?

-Sí, estoy de acuerdo. Pero, ¿estás temblando?

-Tienes razón… es que tengo frío. ¿Hacemos como la vez pasada?

-¡Claro!

Los dos se tumbaron juntos en la cama, abrazados fuertemente y abrigados con dos mantas de lana, para calentarse lo más posible. Poco antes de dormirse, Lola reflexionó sobre su vida: descansaba en los brazos del hombre al que quería con locura, con lo que ganaba durante el día se compraba de comer y la estación de trenes proveía a sus necesidades como si fuera una verdadera casa. La vida de una vagabunda sin casa, después de todo, no estaba tan mala.


Difíciles de digerir pero buenos para ti

Aprile 19, 2008

Érase una vez un hombre que tenía más o menos setenta años. Tenía la piel morena y los rasgos típicos de los habitantes del Mediterráneo. Pasaba los días sentado en un banco, fuera del aeropuerto de Helsinki, mirando a la gente y donando sonrisas.

Un día de abril una mujer llegó a aquel aeropuerto y después de pedir información para llegar a una ciudad del norte, se sentó afuera para esperar su autobús. Cerca de ella, en mismo banco, estaba el hombre sabio.

“¿Es española, verdad?” El viejo rompió el silencio de esa manera; la mujer, feliz de encontrar a alguien que hablaba su misma lengua en aquella tierra olvidada también por los mapas, se apresuró a responder:

“Sí, soy de Cádiz”

“Lo entendí en seguida. Yo me llamo Pedro y he vivido aquí desde hace muchos años. Al principio fue muy difícil adaptarse a vivir en este lugar, pero juro que nunca me he arrepentido de mi decisión”.

Magdalena se tranquilizó, trabajaba para una multinacional y tenía que vivir en Rovaniemi, cerca del círculo polar ártico, por 5 años y tenía muchísimo miedo porque no conocía nada de la cultura y de la gente nórdica .

Como si Pedro pudiese leer en su cabeza, empezó a narrar lo que había aprendido en todos aquellos años.

“Cuando llegas a Finlandia todo parece raro, frío y caro. Bueno efectivamente, la luz y los colores son diferentes, por lo menos en verano porque en invierno no hay absolutamente luz. Pero hay otra cosa diferente aquí..la gente. Las personas no te miran en los ojos, no saludan a los extranjeros y nunca hablan. Además nunca te interrumpen cuando estás hablando que casi parece que no te escucharan. Intenta decir algo bonito de su ropa y ellos te dirán cuanto baratos son los trapos que llevan. Intenta sonreír a un transeúnte y él pensará que tú eres un fanático religioso, un drogado o un vendedor de alfombras orientales.”

Magdalena empezaba a sonreír, olvidando todos sus problemas.

“¿Estás riendo porque no me crees?” y sin dejarle tiempo para contestar siguió hablando “intenta tú misma. Ve a un centro comercial y quédate un rato en el ascensor. Sonríe, mira a la gente en los ojos, empieza a hablar con ellos y verás que sin duda empezarán a sudar por su empacho!”

Magdalena se sentía mucho más tranquila; aquel hombre quizás estuviera loco, pero le resultaba difícil no creerle.

“Pero- siguió Pedro alegre- si te invitan a ir a la sauna con ellos, no significa necesariamente que te consideran una amiga suya, simplemente  para ellos es una manera para estar borrachos y desnudos todos juntos.

Ve, cariño, quiero darte sólo unas sugerencias: primero, mejor no preguntar nada a nadie, ni tampoco puedes preguntar a un colega cómo están sus hijos. Si pasa algo te lo dirán ellos mismos.

Segundo..¿Por qué sentarse cerca de alguien en un autobús casi vacío cuando cada uno puede viajar tranquilo y en paz?”

Magdalena intentaba recordar todo lo que el viejo estaba diciendo; ahora era feliz de estar allí. Aquella gente ya no le parecía monstruosa, sino raras y estupendas criaturas.

“Tú llegas de un país de 45 millones de personas y por eso hablas diez veces más que un finlandés que son sólo 5 millones; y probablemente estas acostumbrada a hablar mucho más cerca de tu interlocutor de lo que es normal aquí, donde se habla como mínimo a una distancia de 70 cm.”

Estaba llegando el autobús, era la hora de la despida.

“Acuérdate –concluyó Pedro- no responder “sí” cuando te pregunten si odias Finlandia porque te enamorarás de este paraíso”

Sin una palabra más, los dos se separaron, Magdalena era llena de gratitud para aquel hombre tan bueno y simpático.

 

Cinco años después, Magdalena estaba otra vez en aquel aeropuerto y en seguida se acordó de Pedro y se sentó en el mismo banco. De repente llegó una mujer joven y visiblemente preocupada.

Tenía una gran maleta, estaba triste y se sentó en el banco. Magdalena, que había aprendido muchísimo en aquellos años, sin preguntarle nada le dijo:

“Al principio puede parecer un infierno, pero te gustará, acuérdate de que los finlandeses son como su pan negro: son difíciles de digerir pero son buenos para ti”

Y con esta sentencia y una gran sonrisa Magdalena se levantó y se dirigió hacia su avión para Cádiz.


La habitación 14

Aprile 19, 2008

 “La leyenda cuenta que en 1550, Anita Von Rassen, una duquesa, joven y bella, alojó en el hotel, durante su primera noche de bodas, con su nuevo marido, el conde Teodor Von Richerman. Pero este hombre era un uxoricida y la apuñaló al corazón y le cortó el dedo izquierdo, donde tenía el anillo de bodas. El espiritu de la chica empezó a vengarse y aún ahora mata a los hombres que alojan en la habitación número 14, donde murió: de ellos queda solamente el dedo anular izquierdo”.

- “¡Ja, ja, ja!  Cómo podéis creer en estas estupideces?” – dije – “  Son solamente fantasías!”

- “ Ríes, ríes, Manuel… En todas las leyendas hay algo verdadero ¡Recuérdatelo!” – Me dijo mi amigo Pablito.

- “ Sí, sí…” – Respondí descuidado…

Mis compañeros de escuela y yo fuimos a coger el autobús: teníamos que ir de excursión escolar a este “legendario” hotel. Éste se encontraba en Alemania, encima de un arrecife cerca del mar. Faltaban aún dos horas de viaje, así me puse a dormir…

Dos horas después Pablito me despertó: habíamos llegado. Bajo la lluvia, con las maletas, nos dirigimos hacia el hotel. El interior del hotel era en estilo barroco y pomposo, pero inquietante…

Distribuyeron las habitaciones y… ¡Díos mió! ¡Yo tenía la numero 14! Podría ser solamente una coincidencia… “¡Qué dices tonto!” – pensé – “ Es solamente una leyenda…”.

Me dirigí hacia mi habitación; Pablito me susurró:

- “ Recuerda… Hay siempre algo verdadero en las leyendas!”

- “¡Basta ya! ¡Yo no tengo miedo!”

Me cerré en mi habitación y empecé a deshacer la maleta. Me fui un poquito a la cama antes de la cena, pero me dormí. Cuando me desperté ya era medianoche. El hotel estaba sumergido en un silencio tumbal… Vale, en aquel momento tenía un poquito de miedo… Afuera aún llovía y ya no tenía sueño, así empecé a mirarme alrededor: había terciopelo rojo en todas la paredes; había una grande alfombra persa y los muebles eran de madera antigua. Además de las puertas de entrada y del baño, había otra puerta, enfrente de la cama. De repente oí un ruido que llegaba desde aquella puerta “misteriosa”, mi corazón empezó a latir fuerte. La puerta se abrió despacio. Un golpe de aire rarefacto entró en la habitación y las candelas de la araña se apagaron. Desde la oscuridad, detrás de la puerta, había algo luminoso: una mujer con el pelo largo, que llevaba un vestido blanco y largo, y en la mano izquierda un puñal. ¡Díos mió! La leyenda era verdadera! Intenté gritar, pedir ayuda, pero mi voz estaba como paralizada, y también mi cuerpo. La puerta misteriosa se cerró. La mujer estaba en frente de la cama y despacio se dirigía hacia mí. Rápidamente descendí de la cama, y corrí hacia la puerta de entrada: ¡estaba cerrada con la llave desde afuera! Me asusté y me acerqué a la otra puerta. No tenía cerradura. ¡Estaba perdido!: el espectro se dirigía contra mí, con su  puñal. Miré su mano izquierda: ¡no tenía el dedo anular! La mujer empezó a llamarme, con una voz ronca, innatural… “ Manuel…Manuel…”. Cerré los ojos, intenté de ampararme, pero el fantasma cernía sobre mí. Yo grité.

- “ Manuel, Manuel, ¡despiértate!”

- “¡Ah! El fantasma…el puñal… ¿dónde estoy?” – dije con angustia.

- “ Estás en el autobús… Dormías y te has puesto a gritar ¿Qué has soñado?” – Me preguntó Pablito.

- “ Nada, nada…” – respondí, respirando profundamente.

Eran solamente las ocho de la noche y aún estaba en el autobús. Había sido solamente… ¡una pesadilla!

Cuando llegamos al hotel y distribuyeron las habitaciones… sorpresa… yo tenía la 14… ¿¿la 14??

- “ Profesor, ¿por favor, podría cambiar mi habitación?” 


La hora de la verdad

Aprile 19, 2008

Tocó el timbre de la puerta y Esteban se despertó…“¿Quién diablos es…?” murmuró mientras se ponía la bata. En la entrada le sonrió una joven y elegante mujer.

“¡Hola Esteban!” dijo. Él la miró por un rato. “B..Buenas noches…¿Desea algo?”

La mujer lo empujó hacia adentro y entró ella también. “Siempre tienes ganas de bromear” dijo “¿No reconoces más a tu mujer?”

Esteban estaba trastornado. No sabía si tenía que reír, pero no conseguía hacerlo.

“¿Qué quiere?”dijo en modo brusco y áspero “¡Mi mujer murió hace tres años!¿Y Usted quién es?¿Qué quiere?” La joven se sentó y encendió un cigarrillo.

“Cariño ¿no te acuerdas de mi? Como ves no estoy muerta. He vuelto a casa. No me pareces entusiasmado.”

“Quién es Usted?”

“Ya te lo he dicho. Tu mujer. Juana Vicente. Entiendo la emoción, pero podrías por lo menos mostrarte un poco contento,¿no?”

Esteban empezó a ponerse nervioso. “ Oiga, la broma ha durado demasiado. ¡Esta situación es ridícula! ¡Tengo sueño!” la mujer pareció contrariada. Bufó, abrió el bolso y le dio el carné de identidad. Esteban lo leyó dos veces. “ Una falsificación bien hecha”- dijo devolviéndosela – “hay sólo un pequeño particular: ella no se parece a ti. Los datos corresponden, pero la foto no. Mi mujer murió en un accidente hace tres años. Estábamos en un barco, mar adentro. Por un movimiento brusco cayó al agua y yo no conseguí salvarla. Y eso es todo.”

“No, no es todo. Fui arrastrada por la corriente y algunos pescadores me salvaron. Había perdido la memoria. He pasado estos tres años en diez hospitales psiquiátricos. Ahora he recobrado la memoria y ¡heme aquí!”

“Ah, hicimos todas las investigaciones posibles y no…¿Por qué estoy aquí a decirle esto? Estoy cansado: o se va por las buenas o llamo a la policía.”

“¿Por qué tendría que irme? Ésta es mi casa, todo lo que tienes es mío, ¿no te acuerdas? ”

Esteban fue al teléfono. Juana se le acercó: “Pobrecito…¿qué contarás a la policía?¿Qué no quieres a tu mujer porque está muerta?” Él respondió “será suficiente que haga ver las fotos de mi mujer, de aquella verdadera. Tengo un cajón lleno.”

“¿De verdad? ¡Ha sido muy dulce de parte tuya guardarlas!” El tono con el que había pronunciado esta ultima frase le insinuó una duda en la mente así que corrió a la habitación, abrió el cajón derrocándolo pero… las fotos retraían aquella misma mujer que estaba allí en su salón. Descubrió que tenía lágrimas en los ojos y el corazón latía muy fuerte…estaba confundido. Se dio ánimo y pensó ir a la policía llevando consigo aquella mujer y aquel carné de identidad. Allí hizo examinar los datos de ella y comprobar si el carné era un fotomontaje. Pasaron tres horas y para Esteban fueron horas de infierno. La mujer que se hacía pasar por Juana seguía en su ficción y él tenía que hacer esfuerzos terribles para no darle una bofetada. Llegó después un agente y le comunicó una amarga noticia: la foto era original y nadie la había cambiado, ni se trataba de un fotomontaje.

Esteban quería controlar las impresiones digitales porque él no estaba loco, ¡no se había olvidado de lo que había pasado con su mujer! Desesperado preguntó con insistencia lo que deseaba; finalmente  obtuvo lo que había pedido. Al día siguiente la policía se presentó a su casa. Esteban despeinado y exhausto por la noche insomne estaba esperando los resultados impaciente. “Lo siento: las impresiones son las de su mujer, no tenemos dudas” le dijeron.

“No…” dijo “No..” Casi hipnotizado se paró enfrente de los investigadores, les miró en los ojos. “No” repitió “mi mujer se ha muerto, lo sé, la he visto…” Cayó de rodillas y sollozando dijo “¡Mi mujer se ha muerto porque yo le he matado!”

“Bueno, esto es lo queríamos oír” dijo un agente.


La historia de María Jiménez

Aprile 19, 2008

Empezaba  a  anochecer  cuando  un grito rasgó el aire y una mujer pasó corriendo  delante de  mi

oficina. Soy un investigador privado de Barcelona, y la que voy a contaros es la historia de María Jiménez.

Alta, rubia, ojos verdes; era una mujer muy guapa, la más guapa que haya encontrado nunca en toda mi vida; y por eso el alcalde se había casado con ella. Ella, en realidad, no quería ni a él, ni a la vida que llevaba: era una mujer simple, que, después de la muerte de sus padres, había vivido con sus abuelos en su granja. Pero ahora estaba obligada a participar a la vida política a lado de su marido que la tenía casi prisionera en su casa, imponiéndole una escolta para cada actividad que ella hacía.

Pero ahora volvemos a aquella noche. Cuando la vi, me puse la chaqueta, cogí la pistola y salí de casa. Afuera vi a tres hombres con pistolas que la seguían, y por eso los perseguí para ayudarla. Cuando la alcancé, la tuve parada a mi lado y extraje la pistola. Pero los tres hombres me dijeron que formaban parte de su escolta; sin embargo María, aunque lo había confirmado, se negó volver a casa, porque no se sentía al seguro. Estaba segura de que alguien se había introducido en su habitación mientras dormía, pero no tenía pruebas para demostrarlo. Se sentía incesantemente seguida y espiada.

Cuando volví a casa empecé las investigaciones: la semana siguiente ya había cogido mucha información y abrigaba validas sospechas.

Una noche estaba rumiando sobre el caso cuando llamaron a la puerta, la abrí y vi a María Jiménez. Me rogó que la alojara y que colocara su escolta afuera de mi casa. Ella se durmió en mi cama, mientras que yo me senté en el sillón quedándome despierto y atento. Aproximadamente a la una y media oímos un disparo, María se levantó, salimos y encontramos al jefe de la escolta, Juán, en un charco de sangre. Pensé enseguida en alguien de la escolta, y pocos instantes después apareció Jorgue, el segundo de Juán. Tenía la pistola en la mano y los ojos poseídos. Dijo a María que la quería, y que había matado al alcalde sólo para liberarla de él y ofrecerle una vida mejor. María retrocedió, asustada, e intentó escapar. Entonces él levantó la pistola y la apuntó contra ella. Pero después cayó al suelo con los ojos vacíos y un riachuelo de sangre que le salía de la boca: yo había sido más rápido que él.

Algunos meses después de éste difícil acontecimiento, María se comprometió otra vez. Ahora vive feliz con su nuevo marido, un investigador privado jubilado que ama contar la historia de cómo se han conocido.


Una profunda amistad

Aprile 19, 2008

Jorge era un chico de doce años, que tuvo que trasladar a un pueblo nuevo, ya que su padre tenía problemas de trabajo.

El 14 marzo, este muchacho llegó con su familia a su nueva casa. Pasaron todo el día a descargar cajas del coche y a colocarlas en la casa.

Cuando Jorge se acostó, miró al techo de su habitación pensando que ahora todo habría sido diferente: su casa, su escuela, sus amigos.

Al día siguiente el chico fue a la escuela y llamó a la puerta de su nueva clase y una voz dijo: “¡Adelante!” y Jorge, tímidamente, entró. Al chico le pareció estar en un lugar grandísimo lleno de niños desconocidos. La profesora dijo con una sonrisa: “¡Ah, por fin has llegado! ¡Escuchadme, niños! Ẻste es Jorge, un compañero nuevo. Viene de otro pueblo y será un compañero fantástico. Os aseguro que es muy simpático.”

El niño se sentó en una silla y puso sus libros en el pupitre.

Cuando la clase acabó, Jorge se levantó y salió de la escuela para volver a su casa; mientras tanto oyó una voz que lo llamaba. Se volvió y vio a un chico, que dijo: “¡Hola! Tú eres Jorge, el nuevo estudiante, ¿verdad?” y él contestó: “Sí, soy yo… ¿Quién eres tú?” el chico se llamaba Rodrigo y le propuso tomar un atajo por un parque para llegar a casa. 

Era un parque con una zona protegida para los animales selváticos. Los dos muchachos decidieron visitar un torrente donde había patos. Jorge se acercó mucho al margen del río y se resbaló. Estaba a punto de caer en agua, cuando una mano lo agarró por el brazo. Rodrigo, con fuerza, lo ayudó a levantarse. Jorge, un poco espantado, le dio las gracias, y el chico contestó: “De nada. Ahora somos amigos y sabes que puedes contar conmigo.”

Desde entonces nació una profunda amistad entre los dos.

Veinte años después, Jorge había llegado a ser un famoso banquero, se había casado y tenía dos hijas; Rodrigo trabajaba como actor teatral, todavía soltero.

Pero éste último no se lo pasaba muy bien: su compañía teatral no ganaba mucho desde meses y él estaba perdiendo el trabajo.

Y fue así. Rodrigo se encontraba en una situación difícil, ni tampoco tenía dinero para pagar el alquiler.

Cuando Jorge oyó la noticia, quiso encontrar a su mejor amigo y le propuso un trabajo en su banca.

Rodrigo no sabía como agradecerlo y Jorge sólo le dijo: “Y lo sabes. Somos amigos… Sabes que puedes contar conmigo”.


El don de la vida

Aprile 19, 2008

La abeja corría, corría muy rápido, porque sus perseguidores querían matarla. Ellos no tenían ningún reparo en matar a los indefensos, ya habían matado a sus padres y a sus semejantes. La  abeja pensaba que era demasiado joven para morir y por eso corría siempre más rápido. Después de algunos minutos la abeja dejó de correr para descansar un poco. Se refugió detrás del tallo de una rosa. Los perseguidores llegaron unos minutos después y, para descubrir donde estaba, decidieron de seguir su buen olor de miel. Los dos se acercaron al tallo de la rosa. De repente dos horribles avispones se pararon enfrente de la abeja, ella empezó a temblar por el miedo y cerró los ojos para no ver lo que iba a pasar pero…No pasó nada. Entonces muy lentamente la abeja abrió los ojos y vio que los dos avispones estaban tumbados en el suelo envueltos en una telaraña. La abeja se miró alrededor pero no vio nadie… ¿Quién había podido hacer todo eso?.

De repente una pata negra y peluda le tapó la boca prohibiéndole de gritar para pedir ayuda.“Cállate, no quiero hacerte nada, pero si gritas pueden llegar otros avispones; ven conmigo a un lugar más seguro”.

Los dos se fueron a un tugurio lleno de telarañas. Allí la araña preguntó a la abeja qué había pasado. Ella, antes de contestar a la pregunta, miró a la araña muy atentamente: patas largas y peludas, negra como la pez y dos ojos rojos que infundían mucho miedo.“¿Por qué aquellos avispones te perseguían?” preguntó la araña, y la abeja contestó: “Yo soy una abeja obrera, trabajaba muy tranquilamente en mi colmena cuando un día llegaron más de diez mil avispones, muy feroces, que querían apropiarse de nuestras propiedades. El enfrentamiento fue terrible, dos días y dos noches de batalla entre abejas y avispones. Desdichadamente mis semejantes fueron derrotados, y mis padres se sacrificaron por mi. Ahora que todos mis amigos se han muerto yo soy sola y no tengo razones para vivir”.

La araña, como le daba lástima por la pobre abeja, quiso darle una enseñanza: “La vida es algo maravilloso y siempre tiene que ser vivida, tus padres han sacrificado si mismos porque querían que tú vivieras. El sacrificio de las personas que te amaban no tiene que ser vano, ¡sigue viviendo tu vida!”. La abeja fue muy conmovida por las palabras de la araña y después de unos minutos dijo:“Muchas gracias, tus palabras me han abierto los ojos, ahora no estaré más triste porque sé que la vida es maravillosa”. Empezó a mirarse alrededor y todo parecía más maravilloso que antes, y mientras que sobrevolaba un campo lleno de flores pensaba:“Tengo que recomenzar mi vida, iré buscando otra colmena donde vivir”. Levantó los ojos para ver el sol y dijo: “¡Que día maravilloso!”.


Don Juan

Aprile 19, 2008

Era noche en Sevilla. La ciudad dormía en silencio, mientras una sombra se movía en la oscuridad. Llevaba un manto negro y caminaba cerca de las paredes para que nadie lo viera.

De repente subió por una escalera de madera y entró en una habitación por la ventana.

Corrió las cortinas y se acercó a la chica tumbada en su cama. Avanzó de puntillas, sin hacer ruido. Se escondió el brazo con un limbo del manto. Cuando lo extrajo, tuvo algo en su mano. Se aproximó otra vez a la figura inmóvil. Ahora podía escuchar su respiración. Se bajó sobre su cuerpo, gustando el perfume de su última víctima.

De golpe sus ojos se abrieron y se puso a gritar. Le cubrió la boca con la mano y le sonrió.

“Sssh…cállate palomita mía, o tu padre nos oirá.”

Su cara brilló por un instante cuando él le tendió la rosa roja que le había llevado.

“Oh Juan, Juan..no me importa que aquel viejo cabrón de mi padre sepa de nosotros, ¡no quiero tener secretos!”

“No no no no, no se puede cariño…”

“¿Y por qué no?” respondió ella con voz desconfiada.

“Bueno, porque…porque…si, pues…vale, porque el secreto es la sal del amor.”

“¿Entonces no te casarás nunca conmigo?” dijo empezando a llorar.

“Palomita, yo…”

“Sí es así, ¡no quiero verte más!”

“Espera, espera…vale, Inés, nos casaremos cuando quieras” dijo al final. “¡Y de esa manera tu padre me matará verdaderamente esa vez!” pensó. “Pero ahora tengo que irme, mi amor…¡adiós!”

La besó y salió de la habitación imprecando.

Hablaba entre si mismo cuando una mano lo cogió y lo llevó a otra habitación.

Era la criada de doña Inés.

“Hola amor mío” le susurró la muchacha y le tapó la boca con un beso.

“Margarita…ehm…¡qué sorpresa!”

“Te espero mañana a las ocho en la iglesia… ya he avisado al reverendo padre Abundio…”

“¿En la iglesia?”

“Sí Juanito, ¡para nuestras bodas! ¿No te lo habías olvidado, verdad?”

“No veo la hora…Perdóname amor, tengo una  cita con….¡con el  testigo!” Y desapareció por la calle.

Entró en una venta: los clientes ya se habían ido o estaban durmiendo sobre las mesas, completamente borrachos. La hostelera se le acercó, moviéndose con fascinación, como un gato. En este caso, el gato estaba cazando. No había pronunciado nada desde aquella mañana, cerrada en sus pensamientos.

“Juan…escúchame, tengo que decirte algo importante…”

“¿Qué ocurre Violeta mía?”

“Pues..es que..pensaba…tú me amas, ¿verdad? Ya no somos tan jóvenes, el tiempo huye…entonces…”

“¿Quieres casarte conmigo, cariño?”

“Oh Juan, ¡sería fantástico!”

“Sí, sí..fantástico” le dijo con tono desesperado y resignado.

Se fue a casa, cerró la puerta y se tumbó sobre su cama.

Desde la oscuridad habló la voz de Catilinón, su criado.

“Hay una docenas de cartas para ti. Todas tus mujeres piensan en ti con ardor…”

Al día siguiente el sol brillaba en todos los rincones de Sevilla. Don Juan estaba en la iglesia vacía, sólo con el cura. Tenía un plan: casarse con doña Margarita y marcharse de la ciudad. Su alma estaba tranquila porque en el mismo momento Catilinón estaba entregando cartas de despedida a todas las otras amantes suyas. Echaría de menos sus risotadas, sus palabras de amor, sus noches de vagabundo. Pero la decisión le gustaba bastante: su novia era hermosa y pasional. Le sonrió mientras la veía acercarse y caminar con gracia. Detrás de ella otras mujeres, chicas de rara belleza en su ropa mejor. Sus amigas, pensó Juan. La sonrisa desapareció de su cara cuando reconoció a Inés y a Violeta.Rebeca, Petra, Marta, Paulina, Sara y todas las otras. ¡Trampa de mujeres!


Andrés

Aprile 19, 2008

En aquel lugar todo parecía raro. La luz siniestra de la luna llena iluminaba de blanco los árboles que rodeaban un pequeño prado. Sólo había un pozo en el medio, y algo decía a Andrés que habría podido ser una respuesta a su sufrimiento.

Se acercó al pozo, mirando las violetas a su lado. Se arrodilló para coger unas flores y después miró en el pozo.

Era verdaderamente profundo y Andrés se dobló, encantado por el reflejo de la luna llena sobre la superficie del agua, mientras que el cubo chirriaba un poquito. Y se puso a pensar…

No habían pasado muchos días desde cuando se había unido a los guerrilleros para combatir por su patria contra los nazis.

Para combatir por su patria contra los nazis… ésta no era toda la verdad, porque en realidad se había huido a los montes para olvidar a su amor imposible.

Rizos negros, ojos de bosque, tenía la piel morena debido al trabajo en el campo y al mismo tiempo un noble perfil francés…

Siempre había mirado a su amor desde lejos, encantado por su belleza, pero estaba seguro de que no había ninguna esperanza de ser correspondido.

El armisticio y la situación insostenible que se había producido venían de perillas, porque así podía intentar olvidar a su amor gracias a la lejanía.

De verdad este remedio no se había revelado muy eficaz y en las noches de guardia solitaria no podía prescindir de recordar.

Andrés se asomó aún más, mirando el agua estancada en el fondo. Habría sido tan fácil echarse…

De repente oyó unos gritos en alemán, así echó las violetas en el pozo, embrazó el fusil Gewehr 43 que sus compañeros habían robado a un nazi en una emboscada y se fue a dirección de las voces.

Dejando el prado Andrés se sentía raro, como si hubiera evitado la muerte, pero alejó aquellos pensamientos para orientarse mejor en la flébil luz lunar.

Llegó unos minutos después a una senda en tierra batida y la patrulla alemana estaba todavía allí, pero por suerte nadie podía verlo porque estaba escondido por unas matas.

Miró a los soldados para hacerse una idea de quién tenía ante sí, hasta que vio a Juan, su amor, que parecía prisionero de los nazis.

¡Andrés no podía creérselo! El hombre que estaba intentando olvidar estaba allí, apuntado por el MP40 de uno de los rubios militares en uniforme gris.

Los otros tres en cambio se estaban divirtiendo tomando el pelo a Juan y pegándole bofetadas. Andrés no sabía si intervenir, consciente de su inferioridad y todavía confuso.

Pero cuando uno de los nazis se propasó, golpeando a Juan en plena cara y echándolo al suelo entre las carcajadas de los demás, Andrés montó en cólera y se arrojó fuera de su escondite, con el fusil apuntado contra el golpeador.

Él no hizo a tiempo a gritar:“¡Ein partisan!¡Achtung!”, que se cayó al suelo, matado por un fusilazo en pleno pecho.

El soldado con el MP40, cogido de sorpresa, bajó su arma, así que Juan se levantó y se puso a correr, esperando no ser visto.

Error fatal: el nazi levantó enseguida la pistola ametralladora y disparó una ráfaga contra el fugitivo, que cayó acribillado por los proyectiles.

Andrés, que hasta aquel momento se había amparado detrás de una roca, se levantó gritando y corrió hacia Juan, indiferente al soldado que todavía estaba apuntando el MP40 en aquella dirección.

El partisano, herido a muerte, se arrastró hasta su amado ya muerto y le apretó la mano. Uno de los nazis supervivientes controlando los cadáveres lo encontró así, con una rara y serena sonrisa en la cara.